
“¡No juegues con la comida!” vociferaba nuestra madre. “¡No arrojen cosas!” ordenaba la maestra. No, no y no. ¿Cómo logramos sobrevivir a una infancia colmada de “no”? Revelándonos, supongo y haciendo de todos modos eso que estaba prohibido.
Si uno de estos dispositivos hubiera existido en mi niñez, calculo que “LESIONES GRAVES” habría sido como mínimo la carátula de mi expediente, pues nada me fascinaba más que arrojar objetos por el aire, valiéndome de las “armas” más inverosímiles. Desde piedras en la laguna hasta… ¡comida en el salón!
La batalla con los ocasionales asistentes a la mesa (léase, mis amigos del barrio), comenzaba lentamente y continuaba adquiriendo el fragor propio de una guerra sin cuartel con cualquier objeto (por lo general puré) que fuese suceptible de ser arrojado. Y finalizaba abruptamente cuando mi madre confiscaba todo el armamento y arsenal.
¡Qué no hubiera dado por tener uno de estos! Se llaman ZING! y vienen en varios colores. A nuestros años ya no los necesitamos, pues hace tiempo abandonamos las batallas de comida. Pero si tienes humor y conservas el recuerdo de tu diversión cuando niño, no dudes en comprárselos a tus hijos. Cuando crezcan recordarán con cariño tu gesto.
