
La estética del rap pasó por nuestra vida bastante de costado. Por una cuestión generacional, salíamos de la adolescencia cuando comenzaban a avizorarse los primeros “rappers” que luego devendrían en cultores del hip hop, riddim y toda esa amplísima (y muchas veces incomprensible) variedad de culturas urbanas.
Pero es probable que alguien muy cercano a tí sea devoto de esa cuasi-religión. Tal vez un hijo, un sobrino, el amigo del hijo de un amigo, en fin. Si prestas atención no te faltará alguien a quien dibujarle una sonrisa con este obsequio.
Es simplemente un espejo. No es USB, no lleva baterías, no se recarga. Un espejo, igual que aquellos que ya conocían los egipcios. Para mirarse. ¿Qué tiene de particular?
Nada más que su apariencia. Recortado con forma de skate y con dos pares de ruedas adosados en sus extremos es la decoración perfecta para un cuarto de adolescente. Esas habitaciones más parecidas al andén de un subterráneo de las afueras del Bronx neoyorquino.
Debes estar advertid@ que este espejo servirá de excusa para llenar de grafittis las paredes, dejar toda la ropa desordenada por el suelo, escuchar la música (punchi-punchi-punchi) a todo volumen. Y todo para combinar con el espejo.
Pero la felicidad de tu jovencito vale el esfuerzo.




























